Cartas de Gilberto Owen a Clementina Otero.
Las cosas perdidas en el tiempo, las nostalgias cercanas que de vez en vez uno trae para que lo tranquilicen ante este mundo tumultuoso. Recuerdos que aunque llegan despacio, hacen un estruendo al entrar y tiran todos los muebles. Temas para este blog abandonado por un tiempo, pero que espero algún lector imaginario halla anhelado con ansia una novedad.
Ese imaginario lector, a su vez ha imagina una entrada dedicada al género epistolar, genero tan disminuido a fuerza de golpes tecnológicos, genero que por tanto tiempo ha acompañado la literatura y el arte, desde las epístolas bíblicas, pasando por la cartas de relación de Hernán Cortes, Sor Juana y su Carta a Sor Filotea o la larguísima carta de Wilde “De Profundis”, o la mil veces imitada “Cartas a un Joven Poeta” de Rainer de Maria Rilke, las cartas de Van Gogh a Theo, Mariana de Alcoforado…y mejor me detengo que la lista se antoja extensa, el hecho es que la carta ha viajado por los tiempos y circunstancias como su genero la exige.
Hubo un tiempo entonces en que la comunicación escrita era para el intercambio directo, tête à tête; de ideas, pensamientos, de esperas y esperanzas, había un tiempo de comunicación sin abreviaturas y sin economía de letras, las palabras fluían como ríos y nuestra grafía apurada o lenta también nos definía. El envío de una carta no solo era de palabras, era de texturas y colores, filatelia de la desesperación y el sueño, arte de la expectativa, grafología para un desesperado.
En ese entonces el telegrama era una urgencia, brevedad a veces incomprensible, tal vez no es aventurado decir que al final gano terreno y se instalo en los mensajes de texto, reclamo sus propiedades de piedra y desiertos abreviados, puso sus banderas en el twitter y en los muros del Facebook, para dejarnos solo la síntesis de la síntesis, mensajes apurados que no llegan a veces ni a nota pegada en el refrigerador “No olvides darle de comer al gato” tal vez es demasiado decir. Ahora el mensaje no es a veces incomprensible sino casi indescifrable.
Esto lo pensé hace algunos ayeres. Caminaba por la Biblioteca Nacional y había una pequeña exposición dentro de la misma biblioteca sobre las cartas de Gilberto Owen a Clementina Otero, la exposición contenía las cartas impresas en gran formato, solo hizo falta leer una líneas para quedar entre reflexivo e impresionado, reflexivo un poco por lo que contaba arriba e impresionado por el poder de tales epístolas.
Las Cartas de Owen tenían su raíz en el desengaño o mas bien en el rechazo amoroso, vemos allí un Owen desesperado, indeciso, preocupado, atormentado por los fantasmas del amor no correspondido, un Owen a la espera constante de una aceptación, enamorado aún de la distancia, porque ni estando a kilómetros podía olvidar a su Clementina -tal vez nunca lo hizo-. Vemos en sus textos las posibilidades de la carta, cercana a ese ideal surrealista de la escritura automática, nada como la carta para dejarnos a la intemperie, expuestos por entero ante el otro.
El poder de la palabra no fuesuficiente (cuando lo ha sido) para estrechar a Owen y Otero, pero según cuenta Clementina ella ansiaba esas cartas escritas con tinta verde, en que Owen no hacia más que insistir y acercarse a ella y acaso lo lograba, pero el Owen que se acercaba a Clementina Otero era el Owen universal, el Owen literario, el poeta; no el Owen individual y el Owen hombre como género que el hubiera querido que Clementina notase.
No hay paraiso mas que el paraiso perdido, es bien sabido, Owen lo supo por el camino díficil, el único porsible en estos casos.
Sin más, transcribo literal unos ejemplos de estas cartas (icluyendo errores de escritura propias del género) .
Por lo demás hay un par de ediciones del libro donde se encuentran publicadas uno editado por la UAM, ya agotado hace algún tiempo y otro editado por la editorial Siglo XXI que no es tan complicado de conseguir.
Ya sé (y lo sospechaba de antemano) que el tratar de conocerla me separó de usted inefablemente. Cada movimiento mío para explicármela, me aleja más y más de usted porque yo trato de ganar hacía adentro en profundidad, lo que siento imposible abarcar en extensión. Y me alejo de usted al adentrarme en su vida, porque usted esta solo en la superficie, por más que diga (o mejor, que no diga) y me mira, sin mover un dedo para detenerme, creer en fin en usted sin fondo. Una vez hablábamos de intentar yo conocerla, no teniendo llave de amor suyo, por el ojo de la cerradura del amor mío nomas. Y esto que era improbable, yo lo acepte creyendo que usted lo toleraba. Y cuando después estaba espiando, usted del otro lado cogió un alfiler para pincharme el ojo. Me refiero así, a que todas las veces que he tratado de abordarla anunciándoselo, usted se ha defendido contra mi ternura mañosamente. Tuve así que preferir entrar por la ventada, y como soy poco ágil, me he caído y seguiré cayendo en usted no se cuanto.
A veces me sorprendo mirándola enternecido; luego vuelve usted el rostro y me mira así, y como ya sé bien que es eso precisamente lo que le molesta, me improviso un gesto impertinente y le digo una tontería odiosa, que usted ve en mi boca y en mi rostro naturales por eso no la molestan. Porque es eso no la molestan. Porque es eso, el pensar que la delicadeza, la ternura, la nobleza son en mí postizas, lo que las hace ofensivas para usted, y es también el haberme pensado siempre una gente desagradable lo que hace que mis aristas las vea naturales y no la irriten ya, disculpándolas casi. Lo terrible es que ni usted ni yo podremos encontrar nunca, los gusanos llenos de manzana, usted por confiada, yo por amargado. Alguna vez me he puesto a pensar angustiado, en lo espantoso, en lo monstruoso que sería un noviazgo entre nosotros. Cruzo los brazos y la toco excesivamente dura y en punta, y yo tan blando que la vergüenza me golpea en lo único firme, mi amor a usted; cierro los ojos y la veo de luz de acero para cortar mi sombra, y me tapo los oídos para la cruel risa de su silencio clavada, en cada una de mis palabras que nacen como del suelo, y en mi boca su dulzura para los otros me amarga sangre de mi lengua mordida. Dionicia, y me dan unas ganas de odiarla, y solo consigo odiarme en blandura y penumbra e insabor. Y es unir todo esto lo que me parece monstruoso y horrible, y sentirlo así, me hace empeñar en decirle a usted mis palabras más agrias, y sin ser verdad reposo y en filo para su mano y alejarme de usted infinitamente. Y solo me consuela no deberle nunca ninguna felicidad. Me parece que si no acabo voy a llorar muy cursi.
Junio 10
Clementina:
¿Por qué lo hace usted? ¿Cree deveras que haya necesidad de herir continuamente a las personas que nos aman? Me parece usted dura. Siempre me lo ha parecido. Y la arista que más me rasga, el ángulo suyo que se me clava más adentro, es sospechar que otras gentes la crean a usted blanda y suave. Puede haber personas más fuertes que usted por no amarla, Xavier por ejemplo, a las que su dureza no pueda vulnerar. Pero será deveras fuego para ablandar el amor, como repiten los tontos, y yo estoy sin cáscara y sin nada mas que mi sangre para que hunda usted la mano o la sonrisa. Me parece usted dura, y no la odio y me odio por ello. Sus heridas me duelen en mi carne, y, en mi torpeza de no haber sabido evitarlas, mucho más. Sus heridas me las siento dadas por mí a mí y me desesperan como un vicio infame que no hubiera tenido la voluntad de matarme. Me parece usted falsa. Traicionando cada instante la imagen, la teoría que el instante anterior había yo construido de usted, obligándome a pensarla de nuevo enteramente, desde el primer principio, para borrarme la frase antes aún de haber acabo de escribirla en mi pizarra de sueño. Y entonces no la odio por inconstante, y me odio por mi poca agilidad en seguirla, distinta en cada pulsación, y en adivinarla, y conocerla al fin. Me acuerdo que en Montaigne el conocimiento era imposible al hombre, y tratar de tomarlo era coger puñados de agua. Tratar de saberla a usted me es coger, o menos aún, puñados de aire. Ahora estoy muy amargo entre mis cosas, que no la conocen sino de verla en mis ojos, azul en el derecho y negra en el otro. Y solo de parpadear ya la verán en ellos distinta, infinitamente. Ahora voy a cerrar los ojos para imaginarla, y tiene usted otro rostro de ese cuadro, o es usted enteramente como ese libro, o me parece otra vez la sombra mía en el muro. Y yo enloquecería, no de que usted no me ame, sino de no amarla a usted, precisamente, porque no sé cual es usted y tengo miedo de amarme a mi en mi teoría de usted, a cada momento mas falsa. Es usted obscura. O no, sino obscurecedora.
Y yo, que estaba diciéndole hace un momento a Dios, agradecido, que no merecía la fortuna de amarla como la amo, me hallo de pronto sin nada, sin saber lo que amo, sin saber si amo, con las manos vacía de haber querido apretar puñados de aire. Y yo me odio profundamente.
Gilberto
Junio 11





















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