PEQUEÑO CUADERNO DE VIAJE.

20 06 2008

Los meses y los días son Viajeros de la Eternidad.
-Matsuo Basho-

El verdadero viaje no es un recorrido, es otro. Es el que se queda en otra parte. Despedirse y odiarlo, o más bien, un oficio de desprendimiento, meter y sacar los pertrechos de la mochila como si con ello sacáramos nuestras dudas o certezas. Andar y alejarse es exteriorizarnos, separarnos de nosotros, porque por fin nos vemos desde afuera, por fin nosotros somos el espejo con nuestra cara.

Esa parece la iniciativa de Matsuo Basho es la sensación que nos queda. Basho alimenta ese órgano de viaje que debemos tener en la rodillas o atrás de los ojos que se quieren colmar, como si fueran un tarro de cerveza; ojos que quieren mirar hasta derramarse en si mismos.

Matsuo Basho en “Sendas de Oku” nos hace sentir que caminamos con él, de que uno es su aprendiz y que estamos allí y vamos escuchándolo como se escuchan las cigarras o los ríos, lo escuchamos como se cruza una ciudad a pie o se piensa que mañana se estará en otro lugar, un lugar tan nuevo como nosotros mismos al llegar.

Construir una cartografía con palabras. Un signo o una señal de transcurrir. Un viaje al fin, un viaje que inicia antes del viaje mismo, porque es pensarlo; desear perder el suelo para extrañar, intentar no volver, nada más intentar, porque es vano, uno avanza, pero al final… “siempre se vuelve al primer amor” –diría un tango- y el hogar entra en esa categoría. Pero ese es otro asunto, es la cola de la salamandra que se muerde a si misma, el viaje es no reconocer el techo donde despertamos y tener un instante de extrañeza todos los días, todo lo que se nos impregna en la piel y deja una impronta tan perdurable como un sendero ya por siglos caminado.

Matsuo BashoLeer “Sendas de Oku”, en esta época de cámaras digitales y videocámaras del tamaño de una cajetilla de cigarros, es que Matsuo Basho nos recuerde que a veces no hay recuerdo mas falso que un registro fácil y simple; que recordemos que un viaje no es sólo haber estado allí. Que nada de ello puede abarcar nada y que al final el turismo no existe. Estamos de paso en todos lados, somos un intervalo.

El libro no sólo es una obra maestra por ser de los pocos y casi de los únicos libros que en serio son un libro de viaje, además es una obra maestra por conjugar como nadie una excelente poesía y una prosa cristalina; es incatalogable, puro y único como un viaje iniciático.

Al final solo vemos el camino como quisieran los taoístas, no importa si llegaremos o adonde vamos; el camino ya es un final en sí, no más preguntas, ni esperas en la estaciones, ni retrasos del tren, todos se forma ante nuestros ojos, todo se concentra y lo que no es propio del viaje nos estorba.

Caminamos en las páginas de “Las Sendas de Oku” porque Basho construye una cartografía, la prosa y la poesía conviven y forman un paisaje, eso es “Sendas de Oku”, una prosa que se configura como un pequeño continente o una isla y la poesía que se vuelve un mar interno.

Un viaje al fin.

La mejor versión al Español es la hecha por Octavio Paz e Ikichi Hayashiya, el libro vale además por el excelente prólogo, notas e ilustraciones. De este libro precisamente les dejo unos fragmentos.

***

La posada de Soka

Sin muchas cavilaciones decidí, en el segundo año de la Era de
Genroku (1689), emprender mi larga peregrinación por tierras de
Oou. Me amedrentaba pensar que, por las penalidades del viaje,
mis canas se multiplicarían en lugares tan lejanos y tan conocidos
de oídas, aunque nunca vistos; pero la violencia misma del deseo
de verlos disipaba esa idea y me decía: “¡he de regresar vivo!”. Ese
día llegué a la posada de Soka. Me dolían los huesos, molidos por
el peso de la carga que soportaban. Para viajar debería bastarnos
sólo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la
lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y
pinceles. Y los regalos que no se puedan rehusar… Las dádivas
estorban a los viajeros.

***

Kurozuka y la piedra

Torciendo a la derecha desde Nihonmatsu, fuimos a echar un
vistazo a la cueva de Kurozuka. Nos hospedamos en Fukushima.
Al amanecer salimos rumbo a Shinobu, para contemplar la piedra
con que imprimen los dibujos en las telas. La encontramos, medio
cubierta de tierra, en un pueblo en la falda de la montaña. Los
muchachos del lugar se acercaron y nos dijeron: “Antes estaba en
la punta del cerro pero las gentes que pasaban por aquí cortaban
las plantas de cebada, que luego machacaban con la piedra. Los
campesinos se enojaron y la echaron al valle. Por eso la piedra está
boca abajo”.

Manos que hoy plantan el arroz:
ayer, diestras, dibujos
imprimían con una piedra.

***

Sosiego en un templo de la montaña

En el Señorío de Yamagata hay un templo en la montaña llamado
Ryusyaku. Lo fundó el gran maestro Jikaku y es un lugar famoso
por su silencio. Como me recomendaron que fuésemos a verlo,
tuvimos que regresar a Obanazawa y caminar cerca de siete ri. El
sol no se ocultaba aún y pedimos hospitalidad en uno de los asilos
para los peregrinos que se encuentran en las estribaciones del
monte. Después subimos al santuario, que está en la cumbre. La
montaña es un hacinamiento de rocas y peñas, entre las que crecen
pinos y robles envejecidos; la tierra y las piedras estaban cubiertas
por un musgo suave y todo parecía antiquísimo. El templo está
construido sobre la roca; sus puertas estaban cerradas y no se oía
ningún ruido. Di la vuelta por un risco, trepé por los peñascos y
llegué al santuario. Frente a la hermosura tranquila del paisaje, mi
corazón se aquietó:
Tregua de vidrio:
el son de la cigarra
taladra rocas.

***

La despedida de la pareja de gaviotas.

A Sora se le ocurrió enfermarse del vientre. Tiene un pariente en
Nagashima en la provincia de Ise, y decidió adelantarse. Al partir
me dejó este poema:

Ando y ando.
Si he de caer, que sea
entre los tréboles.

La pena del que ya se va y la tristeza del que se queda son como la
pareja de gaviotas que, separadas, se pierden en la altura. Yo
también escribí un poema:

Hoy el rocío
borrará lo escrito
en mi sombrero.